FISIOLOGÍA DEL TRAUMA Y DEL ESTRÉS

18.06.2013 15:28

    La clave para resolver el trauma reside en nuestra fisiología. Imagina que vas caminando por la jungla. Mientras te vas abriendo paso por allí crees oír un ruido en los matorrales que tienes delante. De repente te paras en seco. Escudriñas los matorrales intentando escuchar nuevos sonidos mientras mantienes todos tus sentidos en estado de alerta. Éste es el estado de alerta activa. Si no ves ni oyes nada puedes volver al estado de relajación y seguir tu camino alegremente.

La respuesta de lucha o huida.

    Pero digamos que sigues oyendo ruidos y después ves algo que se mueve entre los matorrales. Tu respuesta fisiológica se mantiene en un estado de alerta activa. Si a continuación surge un león de los matorrales y se planta delante de ti, ¿qúe tipo de respuesta corporal crees que tendrás? Probablemente se incrementará tu pulso cardíaco para bombear más sangre a todo tu cuerpo, aumentará tu presión sanguínea, tus músculos se tensarán, tu respiración se acelerará (para proporcionarte más oxígeno) y tus ojos se dilatarán. Además, es posible que empieces a sudar porque tu piel trata de refrescarse anticipando el exceso de calor que producirá el conflicto. Tenderás a quedarte pálido porque la sangre está siendo dirigida a tus músculos y podrías tener la boca seca porque las glándulas salivales dejan de producir saliva; otras funciones menos importantes para la supervivencia inmediata, como la digestión, se ralentizan o incluso se detienen completamente. Tu cuerpo pasaría del estado de "alerta activa" al estado de "lucha o huida". La respuesta de lucha o huida da prioridad a las funciones metabólicas vitales del cuerpo. Esto nos ayuda a luchar o salir huyendo cuando afrontamos un peligro, dirigiendo los recursos corporales hacia la tarea más importante que tenemos ante nosotros: la supervivencia.

Un resultado positivo.

    Si el león te viera y volviera corriendo a los matorrales, tu respuesta de lucha o huida disminuiría rápidamente y volverías al estado de alerta activa. Este estado continuaría hasta que sintieses que el peligro había pasado completamente y entonces podrías relajarte. Pero si en lugar de salir corriendo el león se agacha y adopta la posición de ataque, tu respuesta de lucha o huida continuaría. Todas tus energías serían movilizadas. Como probablemente no es muy buena idea intentar luchar con un león, lo más seguro es que darías la vuelta a toda prisa. Digamos que estabas en las afueras de un pueblo y que consigues llegar a una cabaña, entrar y cerrar la puerta detrás de ti. Una vez más, en un breve período de tiempo la respuesta de lucha o huida se disiparía y podrías volver en primer lugar a un estado de alerta activa y después a la relajación. La energía movilizada dentro de tu cuerpo había sido empleada muy eficazmente porque habías conseguido escapar del peligro. No quedaría traumatizado, e incluso podrías sentirte realizado y fortalecido.

Choque

    Pero digamos que el león consigue darte alcance mientras tratas de huir. Si te quedaras atrapado no podrías expresar las energías fisiológicas movilizadas que forman parte de la respuesta de lucha o huida. Esto haría que estas poderosas fuerzas se quedaran contenidas en tu cuerpo, produciendo un estado de choque. La conmoción o choque se produce cuando no podemos expresar nuestra respuesta ante el peligro.

    Dos de los principales elementos constitutivos del estado de choque son la congelación y la disociación. Nos quedamos congelados cuando nos damos cuenta de que no podemos escapar. No podemos salir corriendo y nos quedamos inmovilizados. En este punto, el impulso rítmico craneal se detiene repentinamente. El doctor Peter Levine señala: "Como en el mito griego de Medusa, el estado de confusión que se produce cuando miramos a la muerte cara a cara puede convertirnos en piedra. Podemos quedarnos literalmente congelados de miedo, lo que producirá síntomas traumáticos". La disociación se produce cuando nuestra conciencia se separa o escinde de la situación para que, si sufrimos una lesión, el dolor que sintamos sea mínimo. ¡Es una respuesta muy útil e inteligente! Por ejemplo, un niño indefenso podría reaccionar de esta misma forma ante un profesor abusón. Y lo mismo les puede ocurrir a las víctimas de la violencia, de un rapto o de un accidente traumático.

El reino animal

    Examinaremos cómo la respuesta ante el trauma actúa como mecanismo de supervivencia en el reino animal. En la espesura, muchos animales de presa han aprendido a no comer carroña. La experiencia les ha enseñado que ingerir carne muerta suele producirles dolor de estómago y por eso sólo comen alimentos frescos. De modo que hacerse el muerto puede ser una estrategia muy útil. Si alguna vez has contemplado un documental sobre la vida salvaje en el que un leopardo persigue a un atílope quizá hayas visto que el antílope, al sentirse superado, entra en un estado de congelación y disociación. Desde fuera parece que el antílope está muerto. Entonces el leopardo comprobará si el antílope está vivo y, si no hay respuesta, lo arrastrará para compartirlo después con sus crías.

Reasociación

    Pero digamos que alguien llega en su vehículo todoterreno en ese momento y el leopardo sale corriendo. Entonces el antílope empezará a volver en sí en un proceso de reasociación. Las energías de choque encerradas en su cuerpo empezarán a manifestarse y descargarse, haciéndole temblar. El temblor suele empezar en las patas del antílope y puede extenderse por todo su cuerpo. A continuación se pondrá de pie y, después de algunos temblores más, saldrá corriendo. Ha vuelto a entrar en el estado de lucha o huida. Si el antílope percibe que el peligro ya ha pasado, volverá al estado de alerta activa, y cuando esté seguro de que no tiene que enfrentarse a una amenaza inmediata podrá volver a relajarse. En este caso el antílope no quedará traumatizado. Habrá pasado por una experiencia traumática, pero habrá sido capaz de disipar la conmoción. El estado de traumatización se produce cuando por alguna razón al antilope se le impide procesar las energías contenidas en su cuerpo.

Influencias sociales y culturales

    Parece que los seres humanos no somos tan eficientes como los animales cuando se trata de procesar los efectos de un choque de este tipo. Las influencias sociales y culturales, procesadas por nuestros centros cerebrales superiores afectan a nuestra manera de reaccionar. En lugar de seguir nuestros impulsos instintivos, nuestro córtex cerebral puede impedirnos reaccionar ante la situación. A menudo somos incapaces de descargar los efectos fisiológicos del choque, que quedan atrapados en nuestro interior. Por ejemplo, si alguien golpea tu coche por detrás probablemente te quedarás temblando, pero es muy posible que en lugar de descargar la energía implosionada por el choque... sólo intercambies con el otro conductor los datos de las compañías de seguros. Si trabajas en una oficina y tu jefe grita tu nombre puede que entres en una respuesta de lucha o huida. En este caso, luchar o huir pueden no ser las estrategias ideales porque probablemente te garantizarían un despido, de modo que toda la energía movilizada en tu cuerpo no tiene dónde ir. El doctor Peter Levine compara esto con presionar al mismo tiempo a fondo los pedales del freno y del acelerador.

Sentirse superado

    En esencia, las improntas de las experiencias traumáticas quedan retenidas cuando no somos capaces de descargarlas. Cuando entramos en la respuesta de lucha o huida tenemos acceso a unas fuerzas enormes. Somos capaces de realizar grandes proezas de fuerza y resistencia. Si la expresión de toda esta energía queda cortada, entonces la energía implosiona puede quedarse atrapada en el cuerpo. En tal caso tal vez no podamos hacer otra cosa que contenerla de la mejor manera posible. Un dato importante: si nuestra experiencia traumática vuelve a ser estimulada en algún momento futuro, a menos que los recursos para resolverla hayan aumentado, simplemente volveremos a sentirnos sobrepasados. Esta retraumatización suele ocurrir cuando estamos en situaciones parecidas a la que provocó el trauma original.

Síntomas de trauma

    Las improntas de las experiencias traumáticas no resueltas pueden producir una gran variedad de síntomas clínicos. Al principio, en el caso típico, la persona traumatizada sufre una sensibilidad extrema, tiene recuerdos repentinos, titubea, se siente nerviosa, desconfía, cambia repentinamente de humor o tiene ataques de pánico. Más adelante, a medida que los tejidos se estructuran en función del trauma, pueden desarrollarse otros síntomas como alteraciones digestivas, dolores de cabeza, tensión en la mandíbula, fatiga crónica, asma, problemas urinarios y dolor de espalda.

Un proceso acumulativo

    A medida que nuevos incidentes se van grabando sobre los anteriores los efectos de la tensión y del trauma pueden acumularse. Como mantener las respuestas de inercia y disociación requiere mucha energía, las fuerzas biodinámicas disponibles en el cuerpo pueden ir reduciéndose paulatinamente, disminuyendo así los recursos disponibles para afrontar nuevos incidentes. Por eso la persona traumatizada tiende a sentirse desbordada más facilmente. Muchos investigadores han percibido que una tensión crónica y repetitiva reduce la eficacia de cualquier respuesta futura ante una nueva tensión. Como observa Peter Levine "Cuando no somos capaces de fluir a través del trauma y completar nuestras respuestas instintivas, estas acciones incompletas suelen minar nuestras vidas".

Efectos a largo plazo

    Las respuestas fisiológicas ante la tensión y el trauma son las mismas tanto si afrontamos una situación de peligro real como si el peligro sólo es imaginario. Por ejemplo, vamos caminando por la hierba y vemos algo en el suelo que se parece a una serpiente. Cuando miramos más de cerca nos damos cuenta de que, en realidad, es un pedazo de cuerda. Sin embargo, nuestra respuesta fisiológica es la misma que si la serpiente hubiera estado allí. Sólo nos relajamos cuando nos damos cuenta de que no hay peligro. Mientras el incidente sea percibido como estresante o peligroso, activará nuestra respuesta de lucha o huida. Si la tensión real o percibida se prolonga, la respuesta de lucha o huida continuará posiblemente durante largos períodos de tiempo. Los efectos en el cuerpo a largo plazo de tensión o traumatización pueden ser sustanciales.

    Consideremos las consecuencias fisiológicas de estar sometidos continuamente a una respuesta de lucha o huida. La contracción muscular persistirá, la presión sanguínea se mantendrá alta, la respiración seguirá acelerada, la digestión empeorará y también persistirá una larga lista de cambios hormonales que forman parte de la respuesta a la tensión. Antes o después, los mecanismos de adaptación a la tensión prolongada se vuelven ineficaces; es entonces cuando la salud empieza a romperse en pedazos. Además, cómo esta respuesta no está bajo control voluntario no puedes pedir a alguien que está afrontando una amenaza o un peligro (aunque sean imaginarios) que se relaje.

Asociación emocional

    Cuando afrontamos un trauma es muy probable que surjan en nosotros emociones de miedo, rabia, pena o desesperación. Si nos sentimos desbordados, estas emociones pueden quedar retenidas. Así, la impronta traumática retenida puede contener una pauta fisiológica asociada con una emoción intensa. Si en algún momento futuro el trauma vuelve a ser estimulado, probablemente se reactivará la emoción asociada de miedo, pena o rabia.

    De este modo nuestras respuestas ante la vida quedan condicionadas por nuestros primeros traumas. Sigmund Freud reconoció la base biológica de esta tendencia al condicionamiento cuando afirmó que "Después de una conmoción severa... los sueños devuelven continuamente al paciente a la situación desastrosa, de la que despuerta con renovado terror... El paciente ha sufrido una fijación física del trauma". Por tanto, para que se produzca una resolución de estas experiencias el mensaje de curación tiene que llegar hasta nuestras células.

(Extraido del libro de Michael Kern) Terapia Sacrocraneal.